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La vida, como caminar

«Un día a la vez,
un paso por vez, disfrutándolo,
sin esperar el siguiente,
no pensando en mañana, ni después,
toda la atención solo en ese único paso.

Y si acaso trastabillas,
no te quejes,
observa como queda atrás,
no tienes que esperar mucho,
ya llega el siguiente paso.

Que es esta vida?
Tal vez no sea más que caminar
por un camino inexistente
que se crea en cada paso.

Entonces, piensa,
que mas da el destino,
si no haz de disfrutar el camino…

Un día a la vez,
un paso por vez…»

por Leonardo Riccieri©

Hacia la realidad virtual

«La realidad supera a la ficción, siempre,
no se diferencian, se mezclan…
formando una nueva dimensión de realidad
con difusos límites, virtuales.

Ficticia ambiguedad,
de una ilimitada ficción?
O limitada realidad,
de una limitada percepción?

Contradicción de ver
solo la mental proyección,
propia escena existencial,
estado alterado,
donde lo que es, comienza a ser,
donde termina, lo que no es.»

por Leonardo Riccieri ©

Solo palabras

Solo palabras

Palabras que dicen y contradicen,
que otorgan y quitan,
que sueñan y despiertan,
que abrigan y dan frío,
que aman y odian,
que dan forma y deforman.

Palabras rellenando espacios,
supliendo el necesario vacío
que supo ser irreemplazable silencio.

Tan solo palabras,
que dan vida,
pero también matan…»

Por Leonardo Riccieri ©

Asómate y verás

Asómate y verás

«Asómate, no dejes de ver a través; te sorprenderá lo que verás.
Encontrarás a quien buscas, a quien has buscado desde siempre,
viajando por los lugares mas obvios, sondeando los lugares mas recónditos.
Ahora, al promediar los días, al abrir, abriéndote déjate sentir, sentirte, sin pensar mas allá de la representación mental y a la vez transgrediendo los límites corpóreos, internándote en lo mas profundo del ser que transcurre en el eterno instante de cada pestañear… atrévete»

por Leonardo Riccieri ©

Imágen por N D S

El encuentro

El encuentro

«Transitando el bosque de la vida
iba aquel formidable oso de antaño,
con sus ojos tristes, paso firme,
arrastrando ese cuerpo de gran tamaño.

Perdida la mirada, también el rumbo,
huía sin saber de que, ni donde.
Alejándose del amor esquivo,
que otra vez, no tuvo.

Como dolorosa convicción,
negando la existencia
de los que hasta ese día
fue, su motor de vida.

Inexorable el destino cruzó
aquella niña de profundas marcas.
Atravesándose en una mirada,
sin saber porque, unieron sus almas.

Y desde aquel día,
tomados de la mano,
el oso corazón de niño
y la niña corazón salvaje,
recuperaron su esencia
para juntos, retomar el viaje.»

por Leonardo Riccieri ©

pintura de Michael Sowa

El árbol que engendró la luna

El árbol que engendró la luna

«Había una vez un árbol que seco de sediento, se sintió morir de inanición, entonces decidió abandonar la ladera y subir a la cima de la montaña, aquella cima anhelada por tantas decadas de inmovilidad.
Aferrándose con ramas y raíces subió sin descanso, pasó el día y por fin ya de noche pudo alcanzar su meta.
Alguien había llegado primero, un gran nido de paja fresca ocupaba la roca más alta, el árbol alzó la vista a las estrellas, y éstas le devolvieron una dulce mirada. El universo se estremeció, un imperceptible temblor, casi un escalofrío universal ocurrió, un espontáneo romance comenzó. Nadie sabe cuanto tiempo pasó, además cuando se está enamorado el tiempo no importa. El idilio fué de leyenda; leyenda que de galaxia en galaxia se repitió, la leyenda del amor que abrazando estrellas el cielo recorrió. Contaba que fué de una pureza tal, que en las entrañas del árbol un rayo de luz la luna gestó.
Y acunada en aquel nido, en la cumbre de la montaña creció, para subir a los cielos, dar la cara al sol y así convertirse en el espejo más grande que el hombre jamás conoció.»

por Leonardo Riccieri ©
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Fotografía de Sarolta Ban

Inmigrante

Inmigrante

«Navegando sueños llego al objetivo, se me estremece el alma sintiendo, casi palpando un nuevo comienzo.
Una carga de recuerdos, ahora, a flor de piel,
emergen y se mezclan a mi alrededor, me dan fuerza y este impulso tan poco sutil que me ahoga, me saca aliento, acelera el pulso hasta el temblor, contradiciendo a un cuerpo inmóvil que solo atina a llorar…»

por Leonardo Riccieri ©

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